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Mostrando las entradas etiquetadas como RELATOS CORTOS

Punto sin retorno

Nos encontrábamos en un punto sin retorno. Ella mantenía el frío cañón de su revólver contra mi mejilla, frío como la muerte. Su pulso era firme, como si no le importara amenazar mi vida, como si no le importase halar del gatillo llegado el momento y terminar con mi existencia. Lo veía en sus ojos: Lo deseaba, quería acabar conmigo. ¿Por qué no lo hacía de una buena vez? La respuesta era simple: Porque yo tenía una pistola ejerciendo presión sobre su sien. Ella me miraba con odio e impotencia. Yo trataba de fingir que no me importaba y trataba de ofrecerle una sonrisa fingida, como el de aquel que tiene controlada la situación. Qué lejos estaba de la realidad. No pensé jamás volver a usar un arma contra otra persona aunque, si eso fuera del todo cierto, hace mucho tiempo me habría desecho de aquella pistola, que era lo único que me mantenía vivo de momento. Ella, con su mirada fija en mí y su respiración agitada, no dejaba de presionar el cañón, ahora algo tibio, contra mi mejilla. M...

Eleonora

-Disculpa, pero tienes un acento muy bonito. ¿De dónde es? La voz temblorosa de Juan se dejó escuchar en aquella frontera a lo desconocido. Desde la primera vez que la había visto, había deseado acercarse a ella. La había escuchado cientos de veces en la cafetería, donde se había deleitado con el acento que se desprendía de sus labios. Ahora, finalmente, se había decidido a hablarle. Habían coincidido en una acera, caminaban uno al lado del otro, cuando Juan se había animado a tratar de entablar una conversación con ella. Supuso que era un buen momento. Ella tenía los ojos, sus ojos verdes, abiertos como platos, mirándolo fijamente. Ambos continuaban caminando. Ella, de una forma muy seca, le dijo: -¡Pero si nunca hemos hablado! -Lo sé… pero no he podido evitar escucharte en la cafetería. ¿De dónde es? El acento. -De Rumania. -¿Y cómo te llamas? -Eleonora. Juan no había conocido a nadie que se llamara así antes. Ahora, caminando junto a ella, se sentía completo. Su...

Una Flor Anónima

-¿Qué hace una ballena con una rosa? Va a tratar de enamorar a  las olas cuando estén a solas. ¿Y un tiburón? Los incongruentes gritos se dejaban escuchar por todo el hospital  psiquiátrico. De todos los pacientes, éste tenía orden estricta de  mantenerse sedado. Por alguna razón este hombre, conocido como El  Asesino de la Rosa , había despertado. ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo? No lo sabía con claridad.  Igual no pensaba con mucha claridad, nunca lo había hecho. Fue  difícil atraparlo, era un nómada. Aunque empezó asesinando de  formas sutiles y sin llamar la atención, al final estaba asesinando a  cualquiera que tuviera la mala fortuna de cruzarse con él, siempre  que el asesino tuviera una rosa para dejarla junto al cuerpo sin vida. Mientras  estaba recluido, había asesinado a cuatro enfermeros, así que  decidieron mantenerlo sedado todo el tiempo. Ahora se despertaba de un largo  trance y tenía hambre. -Me com...

Viernes Suicida

Los castillos de hielo que algunos construimos son fuertes por fuera, por dentro son fríos, pero solo hace falta un poco de calor para echarlos abajo. Tristemente debo admitir que la situación que me ocurrió en vida se debe a algo así. Si mal no recuerdo, desde que tenía conciencia había empezado a crearlo, echando ladrillos sobre esa construcción, sintiendo que lo deseaba más grande, más fuerte, mas cerrado. Sus muros me permitían ver hacia afuera, pero todo se veía deformado, como imitaciones de las cosas del mundo real. Extrañas y ridículas figuras aparecían delante de mí haciendo que me refugiara en los lugares más oscuros y recónditos de aquel lugar. Las mañanas eran frías, y las noches lo eran aún más. El sol trataba de traspasar los gruesos muros, generando así solo un leve resplandor dentro del castillo. Allí sentía que podía vivir toda la eternidad, como si el tiempo no fuese importante allí adentro. Con el tiempo muchos trataron de tirarlo abajo, con sus ataques destruct...

A Través de la Ventana de un Autobús

El cielo se empezó a teñir de rosa y el frío empezó a abandonar las calles. El pequeño Jaime asomó su nariz desde la puerta de su casa y acto seguido salió al exterior. Un frío recorrió su cuerpo y le hizo temblar. Abandonar aquel refugio y salir a la aventura era una experiencia nueva para él. Por primera vez salía a un largo viaje y aún el sol no había salido esa mañana de primavera a acompañarlo. Cuando su cuerpo se acostumbró al frío del exterior, Jaime empezó a correr como si su vida dependiera de ello. Tenía prisa en llegar a su destino, no quería retrasarse. Un par de manzanas más allá estaba la parada de autobús. Al llegar allí encontró a otro niño que miraba distraídamente hacia el cielo. El pequeño que miraba hacia arriba tenía el cabello castaño y ondulado, y era de piel trigueña, un contraste con Jaime que tenía el cabello rubio y liso, y la piel blanca. Cada vez había más luz. Jaime le sonrió y acto seguido le extendió la mano: - Hola. Mi nombre es Jaime. - Hola. Mi ...